“Este 8 de marzo no es solo una fecha simbólica. Es un recordatorio de que la igualdad no se consigue solo con discursos, sino revisando privilegios, cuestionando educaciones y asumiendo corresponsabilidad real”

OPINIÓN. Por Leonor Yebra Sánchez
Directora de Barricada de Papel y colaboradora de CGT Andalucía, Ceuta y Melilla

06/03/25. Opinión. Leonor Yebra, directora de Barricada de Papel y colaboradora de CGT, escribe para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com en el especial por el Día Internacional de la Mujer: “Cada vez está más demostrado que la cultura, la educación, la nacionalidad o la religión influyen en la forma de actuar de muchos hombres machistas frente a las mujeres...

...Hay una prepotencia aprendida, una sensación de tener derecho sobre nuestro tiempo, nuestra atención y nuestras decisiones”.

Privilegios

Que estamos hechos de diferente pasta está claro. Que nos han educado desde pequeñ@s con privilegios o sin ellos también. Y que esa educación deriva en un toque de superioridad con el que algunos hombres se sienten frente a las mujeres, es una realidad que seguimos viviendo.


Cada vez está más demostrado que la cultura, la educación, la nacionalidad o la religión influyen en la forma de actuar de muchos hombres machistas frente a las mujeres. Hay una prepotencia aprendida, una sensación de tener derecho sobre nuestro tiempo, nuestra atención y nuestras decisiones.

Cuando una chica educada en igualdad se encuentra con un hombre que le reclama atención y ella tiene clara su postura de no ceder su tiempo si no quiere, la reacción suele repetirse: enfado, manipulación de la conversación, intentos de hacerla sentir culpable. Exigen explicaciones, exigen tiempo, exigen disponibilidad. Todavía no entienden que no tenemos obligación de ser simpáticas, sumisas ni siquiera educadas cuando no lo son con nosotras, o simplemente cuando no queremos.

Detrás de todo esto hay algo más profundo: la idea de que llevan razón por defecto. Porque han crecido en entornos donde sus privilegios no se cuestionaban, mientras que en esos mismos hogares las mujeres han tenido que ceder constantemente.


Esta reflexión quizá no se entienda a primera vista, pero vamos a aterrizarla en algo muy concreto.

¿Habéis pensado por qué en tantos anuncios de pisos compartidos aparece “solo chicas”? No es casualidad. Nuestras hijas, educadas en igualdad y feminismo, están viviendo situaciones que nos obligan a preguntarnos qué está pasando. En muchos pisos compartidos conviven con chicos educados en el machismo que consideran que ellas tienen más obligación de limpiar, comprar o encargarse de los espacios comunes. Cualquier reproche hacia ellos se convierte en una regañina hacia ellas, como si tuvieran que aguantarlo.

Después de vivir estas experiencias, muchas prefieren no compartir vivienda con hombres. Y ahí pagan justos por pecadores, porque no en todos los casos es así. Pero la repetición de actitudes similares genera desconfianza.

Cuando una persona ha vivido siempre entre privilegios —sociales, económicos o familiares— le cuesta cederlos. Y si además ha aprendido que por ser hombre tiene una posición de ventaja, difícilmente cuestionará que sea la mujer quien tenga que adaptarse.

Desde el principio de los tiempos, dependiendo del sexo con el que nacieras, tenías asignado un rol. El hombre llegaba del trabajo y asumía que el tiempo libre era suyo. Las mujeres, en cambio, asumíamos las tareas del hogar, el cuidado de la familia, la organización de compras, menús, cumpleaños y eventos sociales. Esa carga invisible que nunca se contabiliza.

Tanto se ha normalizado ese reparto desigual que, cuando una pareja se separa, en muchos casos el hombre no sabe ni ir a comprar o gestionar lo básico del día a día.

Y cuando hablamos de corresponsabilidad en el cuidado de los hijos, la situación se complica aún más. No en todas las casas es igual, pero sigue siendo habitual que muchos padres no hayan ejercido realmente el cuidado diario. Tras una separación, algunos menores no quieren estar con el progenitor porque no existe ese vínculo construido. Y cuando la madre, que también necesita rehacer su vida, solicita custodia compartida, se encuentra a veces con resistencia, culpa o incluso manipulación emocional hacia los hijos.

Luego escuchamos que “las mujeres se quedan con todo”, sin analizar qué responsabilidades asumió cada cual durante años.

Este 8 de marzo no es solo una fecha simbólica. Es un recordatorio de que la igualdad no se consigue solo con discursos, sino revisando privilegios, cuestionando educaciones y asumiendo corresponsabilidad real.

Decidir con quién compartimos nuestro tiempo, nuestro espacio o nuestra vida no es un ataque a nadie. Es un derecho.

La sumisión terminó hace tiempo. Lo que exigimos no es superioridad, es igualdad. Y mientras esa igualdad no sea real en lo cotidiano —en las conversaciones, en los pisos compartidos, en las tareas del hogar y en los cuidados— el 8M seguirá siendo necesario.